José Luis Aguirre

José Luis Aguirre
El myspace de José

La cuestión de la música, puede decirse, fue una feliz casualidad puesto que no provengo de familia de músicos o artistas, más bien de futbolistas. La casa de mis abuelos está detrás de la cancha del club comercio, en Villa Dolores. En ese ambiente futbolero me crié. Debo agregar que siempre he sido un queso para la pelota.

Ahora bien, hubo una excepción en esta costumbre familiar, el querido tío Oscar, que ante las evidentes dificultades que encontraba para dicho deporte se dedicó a la guitarra. Gran cantor, desde joven pisó cantidad de escenarios e integró un montón de conjuntos folclóricos. En casa de mis abuelos, su pieza era una espacie de santuario al que nadie podía entrar si él estaba ensayando. Recuerdo que a veces me quedaba horas sentadito afuera del cuarto escuchándolo cantar. Yo habré tenido unos ocho años cuando me dejó entrar para ver si afinaba. Me hizo cantar una zamba, "ESTA PENITA LINDA" me acuerdo. Ahí comenzó este romance con la canción.

Tengo un primo de mi edad, el Nelson, que también hoy se dedica a la música. A los dos nos tomó por discípulos y nos inculcó su fanatismo por la música del norte: zambas salteñas, gatos y chacareras santiagueñas, algún chamamecito. A partir de esas primeras canciones comenzó un derrotero por asados y reuniones familiares al que mi padre orgulloso nos llevaba. Así fui conociendo a los ilustres folcloristas del pago, en las peñitas o en las juntadas guitarreras del tío. Hoy miro para atrás y pienso en esa época como mi gran escuela.

A los catorce años me invitan a formar el grupo "Las voces del horizonte". Nos vestíamos y sonábamos muy parecido a "Los de Alberdi". Con ellos aprendí mucho del repertorio y el modo de tocar de los guitarreros de Córdoba capital.

Después me metí en lo que vendría a ser “la honda del folklore joven” que recién comenzaba a gestarse, cuya característica era el uso de instrumentos novedosos y canciones de amor con un leguaje modernoso. Así que pronto abandoné las voces de horizonte y formé el grupo "Querub" que era una mezcla de todos los conjuntos que se estaban poniendo de moda, con batería, bajo eléctrico, guitarras enchufadas y a los gritos. Con ellos me animé a mostrar mis primeras canciones. Esa época fue muy linda, la semana estudiantil, las idas a Cosquín, los sueños de fama, las chinitas que nos seguían.



Un par de años más tarde ocurrió algo que marcó un antes y un después en mi vida como artista. Comienzo a frecuentar un grupo de músicos a los que por allá se los cataloga de raros o intelectuales o que hacen música que nadie conoce. Bueno… entre ellos se encontraba Alejandro Horno, “el Gordo Horno”, como le dicen. Ese fue el primer gran compositor de traslasierra que conocí. Me invitó a formar parte de su proyecto “Descalzos y sin documentos”. Hacíamos temas de Silvio, Jaime Ros, Spinetta y una gran cantidad de temas del Gordo. Yo estaba obnubilado por los acordes que utilizaba. La rítmica de la guitarra tocada con los dedos me voló la peluca. Esto me abrió una puerta a todos esos músicos que estaban escondidos del ruido exitista y que se dedicaban en serio. Pronto me vi tocando con los grandes compositores del pago, el Negro Vergara, el Churli Corroza, el Delfín Pereyra entre otros. Así fue como aprendí a amar la música del valle y de Cuyo. Descubrí la cantidad de viejos compositores que habían venido alimentado un basto repertorio de música autóctona, única. Comprendí que había otra forma de hacer música.

Por esos años, también, empecé a viajar a Córdoba. Estudiaba en “La Colmena”, donde conocí al Héctor Tortoza, y de su mano el jazz y el tango. De todos modos fue muy breve mi paso por la gran cuidad. En pleno primer año de estudio me entero de que iba a ser papá y volví a instalarme en el valle. Un poco desesperado por la falta de laburo me metí en una banda de cuarteto “Los ángeles de fiesta”. Debo decir que no me disgustaba cantar cuarteto, lo que no me bancaba era tener que acarrear bafles y esos interminables fines de semana de andar cantando por todos los pueblos. Terminaba fusilado. Así que pronto desistí de la empresa. Me dediqué a dirigir coros y a organizar peñas en un cine abandonado de Mina Clavero. Allí nacen “los nietos de don Gauna”, grupo con el cual, años más tarde, retornaría a Córdoba. Con ellos anduve los escenarios del ambiente universitario con una propuesta de canciones propias que fue muy bien aceptada. Mientras… cada pesito que ganaba lo invertía en estudios particulares, estudié con Juan Carlos Chiallella, con Caro Velásquez, Pablo Digusto entre otros. Con los nietos grabamos un lindo disco de canciones muy comprometidas con lo social. Sin embargo, había un manojo de canciones más intimista, más para adentro, y las cuales me resultaba muy difícil mostrar en los grandes escenarios. Buscando ese espacio descubrí la movida de música alternativa que llegaba de Buenos Aires y la que había aquí en Córdoba. Allí encontré un público de oídos abiertos para esto que necesitaba expresar. Gran parte de estas canciones las he grabado hace poco en un disco que se llama “Pinturas de pago chico”.

Acaso por todas estas andanzas e influencias aprendidas de tan distintos ámbitos, hoy puedo disfrutar profundamente de aquellos que reconozco como verdaderos, populares. Aunque parezcan tan distantes unos de otros. Yo creo que las distancias, los catálogos y los prejuicios los pusieron y los ponen otros. El que busca la belleza sabe encontrarla en cualquier lugar, cada ambiente tiene algo por enseñarnos. Así las inquietudes lo van moviendo a uno, lo mantienen vivo, para que la rueda siga girando, para que esto nunca se acabe.



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