PIMPE GONZÁLEZ

PIMPE GONZÁLEZ

Proveniente de una familia de músicos, comenzó a tocar el charango a los cuatro años, siendo alumno de un tío de Jaime Torres. A los ocho años compuso su primera canción y en el secundario comenzó su fecundo trabajo en la composición y el trabajo con los instrumentos musicales. Fue integrante de numerosos grupos, armonizó conjuntos y dirigió grupos de música instrumental y vocal. Desde siempre desarrolló una actividad solista, como cantante y guitarrista. Hoy es uno de los referentes de la música popular riojana.

¿En qué momento de su vida se encuentra?
Sigo en la lucha, componiendo, cantando, estudiando. Creo que es estrictamente necesario hacer lo que uno ama. Y lo mismo traté de hacer con mis hijos que son músicos y plásticos. Todo lo que tiene que ver con el espíritu, uno lo manifiesta plenamente con alegría y es maravilloso, quizás es lo único que uno pueda llevarse de este tránsito.

¿Cuál es la sensación de ser nombrado referente por los nuevos músicos?
Nunca compuse con esa intención. Me alegra saber que mis propios amigos tienen una buena referencia mía. Tuve la virtud de ser un husmeador no un observador, por eso siempre tuve un repertorio muy grande. En una época me acuerdo de cantar más de dos mil canciones y todavía puedo cantar un par de días seguidos sin repetir temas. Sin ser presumido, muchos de los cantantes jóvenes y no tan jóvenes, que grabaron un disco en la provincia, sacaron algún tema que yo traje de Ecuador, Panamá, Méjico o Europa. A veces no sabíamos ni siquiera el título, pero los changos lo aprendían y lo iban cantando. Entonces, que ellos piensen en mí me alegra muchísimo porque me hacen sentir parte de ellos, de paso uno confirma una presunción que yo tengo desde siempre, que a lo mejor uno compone la letra y la música, o las dos cosas por separado y en el momento que alguien las canta ya no son de uno, las hacen suyas desde el momento que les hacen arreglos nuevos. Decía Don Atahualpa: “¿tan mal está mi canción que la han arreglado?”. Pero el respeto en la música popular es interesante, siempre hay que estar en lo que a uno más le gusta. Acá no resulta difícil que la gente hable en coplas o en versos o escriba sonetos, cartas de amor y amistad con un sentido estético, es alucinante.

¿Qué nos podría contar sobre sus viajes por otros países del mundo?
Muy temprano hice dos viajes por toda Latinoamérica en la famosa moto. Era un grupo de nueve muchachos que estudiábamos en Córdoba. Seguimos la ruta de la Panamericana por Chile hasta el Estado de Chiapas. El regreso fue por el Atlántico y llegamos hasta Managua, allí se nos acabó la plata. Entonces anduvimos como 4 o 5 meses cantando y tocando, pasando la gorra hasta que conseguimos que alguien nos traiga hasta San Pablo (Brasil). Veníamos con las motos a cuestas, ya éramos 3, y de ahí vinimos a Foz Do Iguazú y después a Córdoba. Allí es donde yo intenté descubrir que pasaba con la música mía como raíz folclórica. Después tuve la suerte de ir con un grupo melódico a Maracaibo, Venezuela. Luego fui a Europa de contrabando, no me trataron muy bien pero yo me divertí a horrores (risas) con un grupo de chilenos. Fue muy interesante como experiencia, pero malo en lo que respecta al trato personal, para colmo éramos todos morochos. Pero si noté que les interesaba nuestra música; estuvimos en la radio y televisión española contando la historia de nuestros instrumentos. Conozco Europa, parte de la India, Pakistán, el norte y sur de África. Por supuesto que a vuelo de pájaro, porque sino uno no tiene otra forma de viajar.

¿Esos viajes le dejaron alguna enseñanza?
Ahí encontré esos resabios que nos indican que la música pertenece al mundo, no pertenece a nosotros. Uno puede descubrir en la música folclórica argentina raíces peruanas, afro, andinas, y eso me hizo pensar que de alguna manera tenía que seguir haciendo lo que hago que es cantar, componer, llevar un mensaje. Siempre salgo al interior del país. Cada cinco años voy a Buenos Aires, donde tengo amigos que me hacen el aguante y difunden mi trabajo por Internet para invitar a mis conciertos, así me traigo unos pesos. Pero aunque indiscutiblemente se que es necesario que el arte tenga su pago, no es indispensable porque uno puede hacerlo desde otro ángulo. Es más difícil ahora que no se pueden conocer los alcances del trabajo cultural, el trabajo literario y musical que con Internet a perdido un rasgo hermosísimo que es el derecho de autor. Yo no cobro nunca derecho de autor, casi la mayoría de las composiciones no las inscribí, aunque muchas ya están grabadas, yo no cobro nada. Ni siquiera me dispuse a inscribirlas, algunas las inscribieron mis amigos que querían grabar los temas. Pero creo que es una herramienta importante y que la expansión es enorme. Algunos de mis amigos me dicen que me llegan mensajitos, invitaciones para tocar de alguna parte y uno va haciendo escalas en un mundo totalmente diferente con la música. En mi caso, me gusta la literatura, pero la música es mi fin en sí mismo… la alegría de tocar, de meter mano en el instrumento. Ahora ando tocando el bandoneón y el violín, no son tan difíciles como dicen que son.




¿Qué situación está atravesando la música riojana?
La Rioja tiene un cambio muy interesante de hará 20 años para aquí, con un consenso moderno de la concepción de la música popular. Hay canciones, zambas, vidalas que tienen más de sesenta años y si uno las compara con las que se escuchan actualmente hay una diferencia abismal en cuanto a la calidad de la composición. Pero La Rioja hizo algo muy bello hace unos años que fue la creación de una Escuela Nacional de Artes, la Polivalente. Como consecuencia de eso apareció el Profesorado Nacional de Artes. Sumado a eso, el regreso de muchos artistas jóvenes que habían ido a estudiar a otras ciudades (Córdoba, Buenos Aires, Rosario y Europa) como instrumentistas y directores. Ellos trajeron la idea de que uno puede ejecutar un instrumento de manera intuitiva, pero si a eso se aporta lo escolástico el margen de error es mínimo y la posibilidad de ejecución es mucho más valedera. De pronto apareció una cantidad de gente joven con un valor impresionante: Víctor Carrión como vientista, el Charrito Flores que estuvo en la escuela del Colón y es una maravilla; guitarristas como Luis Chazarreta; arregladores como el Negro Mata; y algunos chicos de Chilecito. Hay una cantidad enorme de instrumentistas y La Rioja siempre ha tenido muy buenos cantantes, chicos con voces muy profundas, mujeres con muy buenas voces y una cantidad de muchachos que no llegan a treinta años y son maravillosos, cada uno en su rubro. Hay grupos de música clásica, percusión latina, y debemos tener cerca de quince grupos vocales importantes. Mientras el proyecto sea amar lo que uno hace y entender que hay que predisponerse para bien no hay que preocuparse, sino ocuparse en estudiar y seguir soñando. Hay que poner empeño.

¿Existe alguna problemática?
El problema que tiene La Rioja yo lo veo en otro ámbito y es no tener donde mostrar lo que uno hace. Hay pocos boliches donde uno puede tocar, hacer música y plástica. Existe una falta de políticas culturales.

¿Qué sintió al ver que su hijo Ramiro siguió sus pasos?
Ese fue un hecho aparte. Ramiro fue un caso curioso siempre porque yo le enseñé los primeros pasos en el charango cuando era chico, le gustaba y aprendió sin ningún tipo de inconveniente. Yo descubrí que tocaba y que cantaba un día que habían hecho una rotativa de San Vicente. Aquí le piden a San Vicente, se prende un cirio y se le canta hasta que se apaga la vela; pueden durar dos o tres días por lo que van cambiando los músicos. Cuando se iban acabando los músicos él me dijo: “Papi préstame la guitarra o acompañame que yo voy a cantar”. Yo lo dejé ir y me sorprendí, porque afinaba y con el tiempo armó un trío con sus vecinos y entró a sonar bien y descubrí que escribía mejor de los que cantaba, porque él intentaba cantar como buen chico joven más alto de lo que le da el cuero. Tuvo un salto al vacío espectacular con la concreción de su sueño de ir tocando, componiendo y cantando lo que yo le había transmitido sin querer. Y un día descubrí que ya volaba solo.

¿Cómo fue la experiencia de participar en la grabación de su CD?
Me invitó a tocar en su disco y también lo invitó a Ramón (Navarro) que es mi amigo del alma y es mi ídolo. Entonces, resulta muy curioso tener que reconocer que los chicos crecen de acuerdo al ámbito donde desarrollan su inclinación, con una alegría inmensa y con una sensación de libertad, eso es lo que me sorprende de Ramiro. Hace poco estuvimos tocando en el patio de su casa para el cumpleaños de su hijo y él siempre está con una canción nueva y me hace acordar a mí, porque yo en la secundaria no había un día en el que no escribía una canción, ya sea zamba, chacarera, gato, bolero, tango, todos los días componía algo. Pero él supera largamente la idea que yo tenía de tocar y está rodeado de muy buenos músicos. Yo creo que la sensación de alegría trasciende todo lo imaginable, mis nietos cuando escucharon la prueba del disco no distinguieron si canta Ramiro o canto yo. Tenemos timbres muy parecidos y el modo de tocar también. Él es un peleador social, no peleador de hechos consumados, sino que él razona que este mundo no está parejo y me parece maravilloso que sea así, porque no todo está dado al alcance de la mano y en la medida que uno tenga la capacidad de soñar y seguir soñando, el mundo no está perdido. A cada uno le cabe la reflexión de decir “¿estoy encaminado haciendo lo que realmente amo, lo que realmente me gusta, lo que decido que quiero hacer?”. Muchas veces uno toca por tocar y no es así la cosa. No canta quién tiene bella voz, sino quién tiene intención de hacerlo y me parece que eso es maravilloso.




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